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Sin electricidad, sin agua, sin señal y con hambre, periodistas trabajan con las uñas para sacar una noticia desde casa

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El día a día de los periodistas zulianos, que trabajan desde casa, se resume en una jornada repleta  de emociones encontradas:  frustración,  rabia,  tristeza y preocupación,  pero  como el mundo lo amerita  siempre le hacen frente a las  dificultades desde el anonimato.

El periodista debe ser objetivo, veraz e imparcial, es lo que me explicaron en la universidad; pero en la universidad de  la  vida, los periodistas en realidad aprenden a ser magos seductores, y especialistas en artes oscuras, porque definitivamente es un arte lograr hacer tu trabajo cuando te quedas a oscuras y solo cuentas con unos segundo de señal intermitente, poca batería y un dolor en el estómago que pide a gritos comida.

La cuarentena social colectiva a raíz de la pandemia hizo migrar a los periodistas de la calle a su casa, cuatro paredes encierran las ansias de pisar el asfalto y  hacen perder la creatividad hasta al más habilidoso.

Mi mañana comienza a oscuras y adormecida, el racionamiento no perdonó la noche y los zancudos dejaron marca a su paso, trabajar desde casa sería una excelente opción para muchos, pero para los especialistas de la comunicación implica seccionar su vida en un solo ambiente.

La frustración llega a primera hora, cuando no hay electricidad la señal se va, las noticias no llegan y la inmediatez, factor fundamental del periodismo digital, se pierde entre el desayuno.

Mientras espero que se restablezca la señal, comienzo a inventarme la agenda del día, que si llamar a Fulano, entrevistar a Zutano, salir a tomar fotografías, o ingeniar una receta que pueda entretener a la gente, no es una tarea fácil cuando te percatas que en la despensa ya no hay comida.

Decido salir a comprar y es ahí cuando me doy cuenta que las horas han pasado volando y se aproximan las 11 de la mañana, esa es una oportunidad más de buscar una noticia en lo cotidiano.

Cuando sale, el periodista no solo observa  la calle, la oye, la huele, la siente, pues sabe que en cualquier cola puede encontrar algo extraordinario.  Todo es  noticia cuando sabes cómo buscarla.

El periodista es una persona común, pero tiene el súper poder de reflejar la realidad en la que vivimos. Desde la señora que compró cueritos  para su almuerzo, hasta relatar el milagro de un alma caritativa que le costeó la comida a una maestra de avanzada edad.

En las colas he descubierto infinidad de realidades, y hasta las vivencias pueden convertirse en historias cuando sabes cómo contarlas y al final, es eso lo  que somos los periodistas, contadores de historias, la voz de los que no la tienen y la mano amiga que desea resolver los problemas de la sociedad.

11: 30 am, las santamarías comienzan a cerrarse, los comercios se despiden de sus clientes y mi retorno a casa es inminente. Con alguna que otra anécdota de los profesionales en las colas me replanteó el día, he perdido la mañana y la señal aún no llega.

Segundo Round: la electricidad juega conmigo

1:30 pm, ¡Aleluya!, habemus señal.

Con la computadora ya encendida comienzo a redactar mis vivencias del día, pero a eso de las dos de la tarde el calvario comienza, la lluvia de bajones descontrola la jornada, los trabajos se pierden, los equipos se reinician y la paciencia se agota. Una hora perdida entre perdida de conexión y encendido de la computadora,  en ese momento comienzo a rezar porque lo que escribí se haya guardado para no comenzar de cero.

3:30 de la tarde, me cansé de prender el monitor, mi trabajo se pasa a la que hoy en día es la herramienta más preciada para un periodista, un teléfono celular. La tecnología se ha apoderado de los medios y es que en ese simple aparato, se guarda la  vida de un millón de personas, entre fotos, historias, contactos y aplicaciones, el periodista actual pasa la mayor parte del día con su teléfono en la mano.

A pesar de no ser tan cómodo como una computadora, el  periodista deja la vista pegada a una pantalla.

Tres bajones seguidos dan paso a la oscuridad total, ya sin electricidad, de nuevo batallo con la señal, investigar en Internet para terminar una nota tampoco es posible muchas veces. Mi  jornada que termina a las  5 de la tarde transcurre entre llamadas y mensajes, las noticias vuelan y la labor se extiende, pues el trabajo del periodista nunca termina, no tiene un horario fijo, debe estar informado de todo lo que pasa.

Un día,  una sola nota

Las dificultades con la electricidad y la señal solo dejaron adelantar un trabajo en el día, de nuevo a oscuras, desde las 6 de la tarde, quiero adelantar las pautas para el día siguiente, pero el aviso de batería baja detiene mis ganas, conservar la batería por si acaso, es lo primero que viene a mi mente.

Me despido por un rato del acontecer noticioso, pero otra cosa capta mi atención. El agua tiene 20 día que no llega, esa noche toca pernoctar a esperar si esa será la noche ganadora, pues a veces solo dura pocas horas en la tubería.

Trasnochada llenando todo los peroles que consigo a mi paso, lavando la ropa y limpiando, paso la noche en casa. “Hay que aprovechar los días que llega el agua”, comenta mi vecina que anda en la misma faena. Me acuesto de madrugada y espero que amanezca, un nuevo día comienza y se suma otra historia más a la lista para  contar.

La vida  está llena de anécdotas, consejos y  vivencias.  El periodista es un reproductor de esas realidades y  aunque su mirada está puesta en llevar la información a manos ajenas, no le importa sacrificar su vida por aportar su granito de arena a la sociedad.

104 días llevamos resguardados en casa, las noticias no han parado y ahora más que nunca la labor periodística ha traspasado barreras. Feliz Día del Periodista.


  
  


  
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Any Vargas

Noticia al Día

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